Lleida tiene una base agroalimentaria de enorme peso social y económico. Sus productos llegan a supermercados con todo tipo de alimentos: carne de vacuno y porcino, frutas, verduras y cerca de un 20 por ciento de la producción avícola nacional. Aunque ese protagonismo deja también una pregunta abierta: purines, restos agrícolas y materia orgánica suponen hoy un coste y un problema ambiental, pero también pueden convertirse en energía renovable o fertilizantes, por ejemplo.
Esa es una de las líneas de trabajo de Lleida Alimenta, una iniciativa impulsada por la Fundación Comunitaria Raimat Lleida junto a la Diputación de Lleida, dentro de la Agenda Compartida “Lleida, Terra d’Oportunitats”. El proyecto reúne a administraciones, empresas, cooperativas y entidades del territorio para que la región no sea solo productora de alimentos, sino también capaz de transformar sus propios recursos. “Lleida Alimenta nace como una plataforma al servicio de un territorio y de un sector, que convierte la colaboración en método de trabajo. Y es precisamente ahí donde se genera valor”, explica Laia Mas, miembro del Consejo Asesor de la Fundación Comunitaria Raimat Lleida.
En esa línea se ha incorporado Moeve, la única compañía energética de la iniciativa. Su participación se enmarca en una lógica de colaboración territorial y diálogo con los actores locales. “Los retos actuales presentan una complejidad tal, que exigen una mirada transversal y una agenda compartida entre diferentes actores”, señala Isabel Martínez Contreras, responsable de Licencia Social y Alianzas de Moeve. De este modo, el sector energético y el agroalimentario actúan como aliados en torno a objetivos comunes: descarbonización, independencia energética, competitividad agroganadera, relevo generacional y desarrollo de nuevas cadenas de valor.
“Si el propio territorio no tiene la capacidad para actuar como un emprendedor”, advierte Teresa Botargues, asesora en Transformación Económica de la Diputación de Lleida, se perderá una oportunidad estratégica para corregir problemas que las zonas rurales conocen bien: la pérdida de talento, la falta de relevo generacional en el sector primario y los déficits de servicios e infraestructuras. Mas coincide en ese diagnóstico: “No falta tecnología, ni conocimiento, ni soluciones. Lo que falta es una capa de coordinación que alinee a empresas, sociedad civil y administración alrededor de objetivos compartidos”.
Del residuo al recurso
La bioeconomía consiste en utilizar recursos biológicos, subproductos agrícolas, deyecciones ganaderas o materia orgánica para producir energía renovable, biofertilizantes o servicios industriales. La vía más avanzada es el biometano, una alternativa que permite convertir recursos locales en energía renovable y reducir la dependencia de combustibles fósiles. El debate llega, además, en un momento en el que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ha propuesto impulsar la penetración del gas de origen renovable para reducir la dependencia energética exterior . La actividad agrícola y ganadera genera grandes volúmenes de recursos orgánicos. Una parte supone hoy un problema de gestión, con coste económico e impacto ambiental. Pero esos materiales pueden transformarse en energía renovable de proximidad y digestato para fertilización agrícola. Botargues aporta una cifra: con una parte de los más de doce millones de toneladas de recursos orgánicos generados cada año, Lleida podría producir cuatro mil gigavatios hora anuales de biometano en entornos industriales. También supondría un ahorro de entre 24 y 32 millones de euros al año en gestión de residuos. Botargues apunta a unos 500 nuevos puestos de trabajo técnico cualificado directamente vinculados a estas industrias.
Pero también queda un trabajo de explicación pública. No es lo mismo presentar una planta aislada de gestión de residuos que un área ordenada de actividad económica, vinculada al sector primario y capaz de crear empleo técnico. Desde Moeve, Isabel Martínez resume esa condición en una idea: “el objetivo principal es generar confianza”. Para conseguirlo, añade, hacen falta “transparencia y un diálogo abierto que no se limite a trasladar información de manera unidireccional”. “No hablamos solo de dialogar, se trata de buscar sinergias para multiplicar el impacto de la actividad e integrar la visión del propio territorio en el desarrollo de las iniciativas”. Lleida Alimenta tiene ahora que pasar de la oportunidad al proyecto concreto.
Qué es un biopolígono
Un biopolígono va más allá de un polígono industrial convencional. Es un área de actividad económica especializada en bioeconomía, situada cerca de los recursos renovables y diseñada para que varias actividades compartan materiales, energía, infraestructuras y conocimiento. La lógica es sencilla: lo que una empresa no puede aprovechar puede convertirse en materia prima para otra. Deyecciones ganaderas, subproductos agrícolas o materia orgánica pueden alimentar nuevas cadenas de valor vinculadas al biometano, los biofertilizantes o la industria auxiliar. Frente al modelo tradicional, donde las empresas comparten sobre todo suelo y accesos, el biopolígono busca una simbiosis industrial capaz de reducir costes, ordenar la gestión de recursos y generar actividad económica ligada al territorio.
Los retos actuales presentan una complejidad tal, que exigen una mirada transversal``
Isabel Martínez Contreras, responsable de Licencia Social y Alianzas de Moeve
Energía local para ganar autonomía
El biometano permite mirar los residuos agroganaderos desde otra perspectiva: no solo como un problema de gestión, sino como un recurso energético de proximidad. Su producción puede ayudar a reducir la dependencia de combustibles fósiles importados y reforzar la resiliencia energética de territorios con una fuerte base agrícola y ganadera.
La oportunidad no es solo energética. También puede tener impacto directo en el sector primario: menores costes de gestión, producción de digestato para fertilización agrícola, nuevas actividades industriales y empleo técnico cualificado. En ese punto encaja Lleida Alimenta: conectar la potencia agroalimentaria de la región con proyectos industriales capaces de generar más valor local.